En lugar de actuar como turistas convencionales e ir a visitar el Cristo Redentor preferimos ver la realidad más próxima de Brasil. Hace unos días realizamos nuestra primera incursión en la favela Vidigal, que para nuetra sorpresa tiene una de las vistas más bellas de la ciudad.
Unas noches atrás Eva y yo fuimos invitadas a una cena en uno de los "pintorescos barrios" de la ladera de la montaña en la que culmina la Av. Delfim Moreira de Leblon. La velada sucedió entre risas, canciones brasileñas acompañadas por los acordes de una guitarra, olor a ascuas y carne asada y la mágica presencia e involucración de los niños del barrio.
Por todos son conocidos los peligros y carencias que existen en las favelas y yo no voy a negarlo, a pesar de haber sentido tranquilidad y calor durante nuestra visita. Cuando pasas las barreras entras en una dimensión que produce un choque en el entendimiento. Las favelas son universos cerrados con leyes propias y trazados caóticos. Su estructura está compuesta por gran número de divisiones lisérgicas, carentes de orden y con resoluciones espaciales tan complejas que muchas veces nos cuesta encontrar la orientación, cuando no somos parte de ella. Estas modernas fortificaciones medievales acogen a familias y personajes solitarios que se arropan y conviven en comunidad en una zona en la que sólo los invitados se atreven a entrar y traspasar las fronteras de la idealidad hacia la realidad. Los narcos se protejen tras el cemento y el ladrillo del entramado laberíntico y sueñan con crear fortuna en el mundo del crimen. Las familias humildes caminan por las calles con la esperanza de un mañana mejor, o como mínimo más digno. Los niños aprenden a jugar juegos de adultos y a encontrar la normalidad en ese medio asfixiado por la falta y la corrupción.
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Autor: aviva
Fecha: 13/05/2007 01:40.
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